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Aquí estoy

Aquí estoy, este soy yo, que a veces soy usted, pero soy yo, la simpleza de casi nada, nimiedad atada a un pedazo del imperdonable tiempo.  Como un intruso, a hurtadillas, abro esta brecha, una ventanilla para asomar al conocimiento y a la crítica de aquellos que transitan por este  mundo interminable de la tecnología. Una ventana para dar a conocer,  en  parte y a quien le pueda  interesar, los orígenes de lo que  desde un  principio  fue, y sigue siendo  polvo sabanero, arena de las dunas, espuma de marullos y salitre de la bahía. Un cuarteto de elementos  que ligados  a otros ingredientes, formaron para siempre  el espíritu semisalvaje de ese yo que soy yo mismo.
Fue un sábado, a las siete de la noche del  año mil novecientos cuarenta y ocho, en Bani, provincia Peravia. Fui el quinto y último  que asomaba la cabeza  a la luz del mundo a través de la ventana vaginal de una camada formada por una hermosa y joven mujer  de Sabana Buey  y un apuesto y atrevido joven de cañafístol.  Crecí  a la sombra de guayacanes y baitoas;  entre cayucos, y guasábaras que reventaban como petardos  bajo el ardiente sol del medio día. Trille caminos polvorientos y cenizos por las laderas de cerros áridos y por las orillas de corrales de chivos. Dormite bajo ramas de árboles endémicos; propios de los médanos, como la Saona y el Acetun.
Pero paso mucho tiempo, años,  para que me sintiera como un escupitajo de la patria. Un día empaque mis bártulos y como tantos puse la proa hacia el norte prometedor; arrastrando conmigo el dolor de haber tenido que dejar atrás el calor de la familia, el abrazo sincero de los amigos, los amores escondidos y todas aquellas cosas pequeñas, tal vez insignificantes, pero que formaban parte importante de mi diario vivir y que me hacían más que feliz.
Encontré un país inmenso, con todas las oportunidades, buenas y malas; de muchas puertas; puertas que solo había que empujarlas un poco y que conducían a diferentes caminos, y escogí  el que más sacrificio exige: El mejor, el serio, el de la ley.  Bajo muchas vicisitudes, éxitos y buenos momentos han pasado más de veinte años. En ese lapso de tiempo mis hijos crecieron, cursaron universidades convirtiéndose en verdaderos adultos profesionales, sintiéndome más que satisfecho; orgulloso.
Creo que no vale la pena hacer una apología, no es necesario contar mi vida con detalles, que son muchos. Al final solo me queda un sueño; el toque final para completar el ciclo dando un giro de trescientos sesenta grados: Regresar a la patria que me espera, no sin antes dejar un eterno agradecimiento a un país que hice mío, donde dejare mis raíces; que me abrió sus puertas y del que aprendí muchas cosas; como lo que es el respeto, la libertad, los derechos individuales y la democracia en su plenitud: Estados Unidos de Norte América. Sí señor, este soy yo, o el, usted, tu, pero solo soy yo.